¿La muerte nos acerca más a la vida?
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Hay preguntas que parecen acompañar al ser humano desde siempre. No porque tengan una respuesta definitiva, sino porque cada cierto tiempo vuelven a llamarnos. Esta es una de ellas.
En nuestro próximo encuentro quiero invitaros a reflexionar sobre la muerte, no desde el miedo, sino desde la vida.
Con los años comenzamos a despedir a personas que amamos. Familiares, amigos, vecinos… A veces después de una larga enfermedad; otras, de forma completamente inesperada. Y cada una de esas ausencias parece recordarnos algo que solemos olvidar: la vida es profundamente frágil.
Entonces surge una pregunta.
¿Es precisamente la conciencia de nuestra muerte lo que nos permite apreciar más intensamente la vida?
Nuestra cultura ha respondido de muchas maneras. Algunas tradiciones nos hablan de una vida después de esta; otras entienden que aquí termina todo. Más que discutir cuál es la correcta, quisiera preguntarnos:
¿Cómo cambia nuestra manera de vivir según aquello que creemos acerca de la muerte?
¿Pensar que existe algo después nos aporta paz o hace que, sin querer, releguemos el valor del presente? ¿O es precisamente reconocer nuestra finitud lo que nos invita a vivir con mayor intensidad?
Quizá la muerte no sea únicamente el final de la vida, sino también un espejo desde el que podemos comprenderla.
Vivimos gran parte del tiempo atrapados entre el pasado y el futuro. El pasado puede convertirse en nostalgia, culpa o añoranza. El futuro, en ansiedad, incertidumbre y preocupación. Mientras tanto, el único lugar donde la vida realmente ocurre es el presente.
Y entonces aparece otra pregunta:
¿Qué significa realmente estar vivos?
Tal vez vivir sea mucho más sencillo —y mucho más difícil— de lo que imaginamos.
Quizá empiece con algo tan cotidiano como respirar. Un acto tan automático que rara vez le prestamos atención y que, sin embargo, marca constantemente la diferencia entre la vida y la muerte. ¿Qué ocurriría si fuésemos realmente conscientes de ese simple gesto? ¿Cambiaría nuestra forma de habitar el día?
También me gustaría mirar nuestra existencia desde una perspectiva un poco más amplia.
La Tierra tiene aproximadamente 4.540 millones de años. Si condensáramos toda su historia en segundos, una vida humana de unos 70 años representaría apenas una fracción de segundo dentro de toda esa inmensidad.
Somos extraordinariamente pequeños.
Y, paradójicamente, quizá reconocer nuestra insignificancia nos libera. Nos recuerda que muchas de las preocupaciones que hoy ocupan nuestra mente desaparecerán con nosotros y que, precisamente por eso, cada instante compartido cobra un valor inmenso.
Más que hablar de la muerte, quisiera que habláramos de aquello que la muerte puede enseñarnos sobre la vida.
Quizá una de las cosas que más me llamó la atención al leer sobre quienes se encontraban en sus últimos días de vida fue descubrir que sus mayores arrepentimientos rara vez estaban relacionados con el dinero, el éxito o el reconocimiento. Lo que aparecía una y otra vez era algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil:
No haber tenido el valor de vivir una vida fiel a sí mismos y no la que otros esperaban de ellos.
Haber trabajado demasiado
No haber expresado sus sentimientos.
Haberse alejado de sus amistades
No haberse permitido ser más felices. 
Me pregunto entonces si la muerte tiene la capacidad de ordenar nuestras prioridades de una forma que la vida cotidiana parece no conseguir.
¿Necesitamos sentir la cercanía del final para comprender qué era realmente importante?
Hay una frase atribuida a Karl Marx que siempre me ha resultado provocadora. Cuando, antes de morir, le pidieron unas últimas palabras, respondió:
«Las últimas palabras son para los tontos que no han dicho suficiente».
Quizá la invitación no sea preparar un buen final, sino vivir de tal manera que no tengamos que esperar al último momento para decir “te quiero”, pedir perdón, cambiar de rumbo o comenzar aquello que siempre quisimos hacer.
