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Ficha · Lazarillo de Tormes (anónimo, 1554). Ediciones Galatea, Biblioteca Hispánica. Edición crítica anotada con estudio preliminar. 97 páginas.

***

En 1559 el amplio Índice del inquisidor general Valdés lo prohibió. Volvió a imprimirse catorce años después sin los dos tratados en los que peor quedaban los clérigos, y con otros pasajes limados.
¿Qué cuenta?
Lázaro responde a un «Vuestra Merced» que le pide explicaciones sobre «el caso»: lo que se murmura de su mujer y del arcipreste que los mantiene. Para justificarse narra su vida entera, desde el principio: hijo de un molinero ladrón, entregado de niño a un ciego mendigo y pasado después de amo en amo —un clérigo avaro, un escudero que se muere de hambre antes que perder la honra, un vendedor de bulas— hasta el oficio de pregonero en Toledo.
¿De qué mundo sale?
1554, los últimos años de Carlos I. Una generación antes el erasmismo había prendido con fuerza en Castilla: fe de convicción personal y lectura directa del Evangelio, escéptica ante las reliquias, las bulas y el clero que vive de administrar la salvación. El Lazarillo aparece cuando ese aire ya se enrarece: sus principales valedores llevan dos décadas huidos o procesados. Con Trento abierto desde 1545 y el protestantismo como amenaza, la Corona cierra filas: censura, vigilancia de la imprenta y, cinco años después del libro, los autos de fe de Valladolid y Sevilla.
¿Por qué leerlo ahora?
Porque aquí empieza algo: la primera voz de un pobre que cuenta su propia vida sin heroísmo ni moraleja, y de ahí salen la picaresca y buena parte de la novela moderna. Y porque sus asuntos siguen en pie: la imagen pública como representación, el poder que decide qué se difunde y qué se cancela, y lo que uno acepta no ver a cambio de comer. En menos de cien páginas y con una comicidad intacta.
¿Quién habla aquí?
Narra el Lázaro adulto, y no para recordar sino para defenderse: el relato entero es un alegato dirigido a un superior. El autor anónimo lo dispone de manera que la defensa incrimine al defendido. Y una cuenta que el libro no subraya: cuatro de sus ocho amos son hombres de Iglesia, y quien le arregla la vida al final es un arcipreste.
En la última página Lázaro declara estar en la cumbre de toda buena fortuna. Es la frase más discutida de la obra.

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